Ignis Ardens

El objeto del blog es dar a conocer meditaciones sermones y recopilaciones, de las cuales no somos autores y que consideramos de provecho espiritual. Nuestro mail es ardensignis@gmail.com

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martes, 8 de julio de 2008

La contemplación en San Benito

Visión de S Benito (Alonso Cano s XVII)


En la vida de S Benito, escrita por el Papa y Monje S Gregorio Magno, se nos cuenta que en una ocasión, cuando llegó el momento del descanso nocturno, S Benito subió a una torre.

Entonces, (dice S Gregorio) mientras aún dormían los hermanos, el hombre de Dios Benito, solícito en velar, se anticipaba a la hora de la plegaria nocturna de pie, junto a la ventana y oraba al Dios Omnipotente. De pronto a aquellas altas horas de la noche vio proyectarse desde lo alto una luz que, difundiéndose en torno, ahuyentaba todas las tinieblas de la noche y brillaba con tal fulgor que, resplandeciendo en medio de la oscuridad, era superior a la del día. En esta visión, se siguió un hecho maravilloso; porque, como él mismo contó después, apareció ante sus ojos todo el mundo como recogido en un solo rayo de sol. Y mientras el venerable padre fijaba sus pupilas en el brillo de aquella luz deslumbradora, vio cómo el alma de Germán, obispo de Capua, era llevada al cielo por los ángeles en un globo de fuego. Entonces, queriendo tener un testigo de tan gran maravilla, llamó a Servando (Abad de Campania que visitaba el monasterio), repitiendo dos y tres veces su nombre con grandes voces. Turbado éste por aquel grito insólito en el varón santo, subió, miró y vio sólo una tenue estela de aquella luz[1]. El Santo le relató la visión y pronto comprueban que, efectivamente, en ese momento, había muerto el obispo Germán.

En este pasaje se nos enseña cómo la luz de la contemplación de Dios, nos lleva a descubrir la auténtica realidad y verdad de nosotros mismos y de las cosas de la tierra. Con una sola mirada, bajo la luz de la contemplación, S Benito descubre toda la realidad creada en Dios, y su sentido: apareció ante sus ojos todo el mundo como recogido en un solo rayo de sol. La contemplación del Rostro de Dios, nos indica de dónde venimos, para qué estamos, y hacia dónde vamos.

En esta contemplación de S Benito, se distinguen tres estadios: subida, descenso y subida. Subida al cielo y contemplación, descenso a la realidad de la tierra, elevación de lo terreno al cielo.

Subida: S Benito sube a la torre, es decir, sube a los cielos por la oración, y en esta contemplación del Rostro de Dios conoce y ve la verdad de la realidad creada: apareció ante sus ojos todo el mundo como recogido en un solo rayo de sol.

Descenso: S Benito, luego desciende a la tierra con la luz de esta contemplación y trata a todo lo creado como un vaso sagrado del altar[2]. Subida: Por fin, lo eleva y consagra para gloria de Dios, haciendo de la vida en esta tierra una contínua eucaristía, una perenne liturgia de alabanza a Dios Padre, por Cristo, en el Espíritu.

Toda la Santa Regla es un gran arco de subida hacia Dios y descenso al mundo, para nuevamente subir: es decir, para elevar al mundo hacia Dios mediante la liturgia de alabanza. Ora, labora et ora:

· Ora: ascenso a Dios por la contemplación.

· Labora: descenso a la tierra y transformación de la misma guiado por la luz de la contemplación, tanto en el trabajo manual como en el trabajo espiritual.

· Ora: ascenso consagración de lo terreno a Dios por la contemplación.

La Santa Regla, es un directo y vertiginoso ascenso a Dios por la contemplación, para luego, desde Dios descender al mundo y contemplar y consagrar la realidad terrena como instrumento que canta la alabanza de Dios, para, por fin, devolver la creación a Dios como hostia de alabanza en la contempación y alabanza de la liturgia celestial.

Primero de todo, se contempla a Dios que es Cristo, a quien se lo adora, alaba: Nada anteponer al amor de Cristo[3]; nada anteponer a la obra de Dios[4]; “in primis”, esto es “por sobre todo”: primero de todo adorar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas[5]; luego, se desciende a la realidad descubriendo en ella a Cristo, pues se lo contempla en el Abad[6], en los hermanos, en los huéspedes[7], en los pobres y peregrinos[8], en los enfermos[9], en toda la realidad que se vive[10].

Y por fin, la realidad así contemplada, se transforma en himno de adoración, contemplación y alabanza a Dios. Porque al considerarla por la fe en instrumento sagrado de alabanza se la dirige a este fin para el que ha sido creada. De esta manera, se hace con ella un concierto magnífico, un coral divino, una liturgia de alabanza y adoración, porque se la orienta hacia su vocación de dar gloria a Dios.

Es decir, bajo la luz de la contemplación se descubre qué es realmente el hombre y toda la realidad y se los consagra para el servicio divino[11], para la obra de Dios[12], todo lo terreno es elevado al cielo para gloria de Dios: en todo sea Dios glorificado[13].

Este fue el gran mensaje de S Benito y es el alma de la vida monástica benedictina. Cada monasterio en una escuela del servicio divino[14] donde se aprende esta ciencia. Y así imitando esta sociedad perfecta de adoración y alabanza se moldeó la sociedad cristiana medieval, tanto en lo divino como en lo humano, y se creó la cultura cristiana occidental centrada en Dios para gloria de Dios.

Actualmente, en la cultura, en la sociedad y en la familia hemos perdido totalmente esta orientación latréuetica[15] hacia Dios, como fundamento antropológico esencial en la edificación de la ciudad humana, de la sociedad y de la persona. El fundamento no está en Dios y desde Dios y hacia Dios, sino en la adoración del hombre sin Dios: estamos ante una consciente búsqueda latreantrópica atea (adoración del hombre sin Dios) como fundamento de todo. En realidad es la desacralización de todo, y el preludio del caos y del fin del hombre. El Apocalipsis es la radicalización absoluta de esta ausencia de Dios. Porque la proyección hacia el culto, contemplación y adoración de Dios, es parte constitutiva de la naturaleza del hombre creado a imagen y semejanza de Dios.

Si desacralizamos el Misterio del ser intangible de Dios, desacralizaremos el misterio del ser del hombre en aquello de intangible que tiene: la participación del ser de Dios reflejado en su naturaleza. Ser hombre, ser mujer, ser hijo de Dios, ser padre, ser madre, ser hijo... todos estos aspectos inamovibles del orden natural, pierden la sacralidad y límites absolutos, que le son propios, y se los hace vanos, cambiables, manipulables, relativos... sujetos inertes bajo la tiranía de yo caprichoso del pecado de soberbia. En una palabra bajo el imperio relativismo.

Volviendo a S Benito, en realidad, el Santo no ha hecho más que aplicar genialmente y de modo concreto el arco ascendente, descendente y ascendente de la historia de salvación: porque el Verbo que estaba allá en lo alto en la eterna contemplación del Rostro del Padre de los Cielos, contempló en su Seno a la realidad necesitada del hombre, a la humanidad y a la creación sujeta al pecado, ya que ambos, por el pecado original ya no contemplaban a Dios ni le daban gloria. Impelido por esta dramática contemplación de la realidad, fue al encuentro de la realidad para rescatarla. Por eso descendió a la tierra en la Encarnación, transformó al hombre en su Pasión y Pascua, y lo elevó a los Cielos, cuando la llevó en sus hombros en la Ascensión para hacerlo parte de su perpetua alabanza al Padre.

Este camino del Verbo que nace de la contemplación, y consagra lo terreno para retornar a la contemplación de Dios, se reactualiza por la Iglesia en cada Eucaristía:

· Contemplación: En la Eucaristía, Cristo se hace presente en su contemplación eterna del Padre, y en Él de toda la realidad del hombre y de la tierra, hambrientas del amor de Dios.

· Consagración de lo terreno: Como fruto de esta contemplación, Cristo se llena de amor por el hombre e impulsado por su amor infinito ante nuestra miseria, se decide a descender en una nueva Encarnación. En la epíclesis, Cristo desciende sobre las ofrendas del pan y del vino, y por la acción del Espíritu las transforma. De esta manera nos toma a nosotros al igual que toda nuestra nuestra realidad terrena, la une con Él a su ofrenda y nos hace hostias de alabanza unidas a la Hostia de alabanza, Cristo, Víctima Pascual.

· Contemplación: La realidad consagrada es elevada por Cristo, con Él y en Él en la doxología para gloria del Padre, en la eterna contemplación de la liturgia celestial. Luego, la santa Comunión nos impulsa a seguir unidos a Cristo, para elevar y consagrar todas nuestras realidades terrenas y cotidianas como himno de amor al Padre, en eterna contemplación.

De esta manera, en la Santa Regla y en la Vida de S Benito se aplica de modo concreto, accesible y sencillo la historia de salvación y la acción de Cristo que se renueva en la Eucaristía. Y nos muestra este arco ascendente – descendente- ascendente que retorna al cielo, como una vocación litúrgica, cultual que es esencial a todo hombre y a toda la creación.

Pero S Benito no es el inventor de esta llamada, de este designio, sino quizás uno de los Santos que mejor supo realizarla y ordenar los medios con este fin en su Regla. Este processus salvífico, este arco, esta como gran red salvífica de Cristo, el Pescador divino, que nace del cielo se lanza a la tierra y retorna cargada con los peces de la humanidad y de la creación para que sean insertadas en su contemplación y alabanza Sacerdotal en la liturgia del cielo, aparece en el Evangelio de hoy. Detengámonos un momento:

· Contemplación: Porque hoy, N Señor se aparta para dedicarse a la contemplación. Dice S Mc: Se levantó de madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se marchó a un lugar solitario y allí se puso a orar[16]. Más aún se marchó a orar a lo alto de un monte, como nos aclara el pasaje paralelo de S Mt: Subió al monte a solas para orar[17]. Por su parte, S Lucas muestra innumerables veces a Jesús que contempla antes de actuar[18]; y sobre todo que ora en el monte, antes de los momentos decisivos de su vida: en el monte Tabor cuando tuvo la Transfiguración[19]; y en el monte de los Olivos antes de su Pasión[20]. Y ahí, en la contemplación del Padre, Jesús descubre lo más íntimo de la realidad terrena y de los corazones humanos. Por eso, al llenarse del Padre en la contemplación descubre lo más íntimo de la realidad terrena y de su misterio, y lleno de esta luz sale al encuentro del hombre para colmarlo con esta Luz.

· Consagración de lo terreno: La contemplación del Padre y de la realidad presente en su Seno, no enajena a Jesús de la realidad, sino que lo hace más realista, absolutamente realista. Sobre todo, esta contemplación le ha hecho conocer en lo más profundo la realidad de la miseria del hombre y la necesidad absoluta que tiene de la misericordia y compasión divinas y de ser sanado por ella. En la contemplación, Jesús se llena de amor hacia la realidad de la miseria infinita del hombre. Entonces, iluminado por esta contemplación, desciende del monte, y va hacia el hombre y su realidad terrena, va a su encuentro para sanarlo, salvarlo, consagrarlo y elevarlo al Padre como alabanza de su gloria. Como dice el Evangelio: Simón y sus compañeros fueron en su busca, al encontrarle le dicen: “Todos te buscan”. Él les dice: “Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique, pues para eso he salido”. Y recorrió toda Galilea predicando en las sinagogas y expulsando los demonios[21].

· Contemplación: Luego S Mc continúa diciendo que Jesús hace dos impresionantes milagros: la curación de un leproso y de un paralítico. Y los transporta a la alabanza de Dios en la contemplación celestial. Primero porque consagra sus cuerpos a Dios dándoles la salud. Pero también porque eleva hacia Dios Padre los corazones de estos dos enfermos, dado que, al ser curados han descubierto la misericoridia de Dios, lo alaban, y le dan gloria. Estos hombres son elevados al cielo por Jesús y ellos mismos suben hacia los cielos por la contemplación de la misericordia divina y la alabanza como dice S Mc: Todos quedaban asombrados y glorificaban a Dios diciendo: “Jamás vimos cosa parecida”[22].

La Caridad cristiana, esencia del Evangelio, no se difunde en nuestros corazones ni se realiza por las obras de misericordia, caridad, y de la santidad cristiana, sino pasando por esta triple dimensión de contemplación, realidad y contemplación. No hay Evangelio auténtico sin esta contemplación. No hay santidad cristiana en ningún estado sin esta contemplación.

La auténtica contemplación de Dios, nos llena del amor de Dios, y nos impulsa a derramar en el mundo para transformar la realidad terrena que vivimos a fin de elevarla a Dios Padre por el amor. El Santo Padre en su extraordinaria Encíclica Deus Cáritas est n° 7, no solo sistematizado las ideas programáticas de su pontificado, sino que ha demostrado la esencia del Evangelio que es esta contemplación amante del Rostro de Dios que nos lleva a obrar por amor:

Impresiona particularmente la interpretación que da el Papa Gregorio Magno de esta visión en su Regla pastoral. -afirma el Papa Benedicto XVI-. El pastor bueno, dice, debe estar anclado en la contemplación. En efecto, sólo de este modo le será posible captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser, para hacerlas suyas: «per pietatis viscera in se infirmitatem caeterorum transferant».[23] En este contexto, san Gregorio menciona a san Pablo, que fue arrebatado hasta el tercer cielo, hasta los más grandes misterios de Dios y, precisamente por eso, al descender, es capaz de hacerse todo para todos (cf. 2 Co 12, 2-4; 1 Co 9, 22). También pone el ejemplo de Moisés, que entra y sale del tabernáculo, en diálogo con Dios, para poder de este modo, partiendo de Él, estar a disposición de su pueblo. «Dentro [del tabernáculo] se extasía en la contemplación, fuera [del tabernáculo] se ve apremiado por los asuntos de los afligidos: intus contemplationem rapitur, foris infirmantium negotiis urgetur».[24]

Que el Señor nos de la gracia de esta mirada y experiencia contemplativa que nos hará ser y vivir las realidades terrenas para gloria de Dios, y nos hará elevar a toda la creación para su gloria y alabanza.




P Guillermo Castillo OSB


[1] S Gregorio Magno: Liber Dialogorum II. Caput XXXV.
[2] Regla 31, 10.
[3] Regla 4, 21.
[4] Regla 43, 3.
[5] Regla 4, 1.
[6] Regla 2, 2; 63, 13.
[7] Regla 53, 1.7.15.
[8] Regla 53, 15: Sobre todo póngase el mayor esmero en el recibimiento de pobres y peregrinos, porque en ellos se recibe a Cristo.
[9] Regla 36, 1.
[10] Regla 57, 9: En todas las cosas sea Dios glorificado.
[11] Regla 5, 3: los monjes han profesado un servicio santo.
[12] La Obra de Dios (Opus Dei) es la Liturgia, el culto divino, la virtud de religión en general: Regla 7, 63; 22,6; 43, 3; 43, 6; 44, 1; 44, 7; 47,1; 50, 3; 52, 2; 52, 5; 58, 7.
[13] Regla 57, 9: In ómnibus glorificétur Deus.
[14] Regla, Prólogo 45: Constituenda est nobis scola Dominici servítii.
[15] Del griego: latréia: culto, adoración.
[16] Mc 1, 35.
[17] Mt 14, 23.
[18] Mc 6, 46 ; Lc 5, 16.
[19] Lc 9, 28.
[20] Lc 22, 39.
[21] Mc 1, 38.
[22] Mc 2, 12.
[23] II, 5. S Ch 381, 196.
[24] Ibid 198.

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